domingo, 26 de noviembre de 2017

RETAGUARDIA [1]


 En un texto cuya fuente no sabría señalar, Adriana Valdés menciona un escrito de mi autoría que le habría facilitado el Premio Nacional de Arte Gonzalo Díaz,  en el que consigna que éste le habría dicho algo así como “Este es un texto medio delirante escrito por Mellado, pero que no entiendo mucho de que se trata y él tampoco sabía muy bien”. La cita no es textual, obviamente. El texto le habría sido facilitado a Adriana Valdés de manera privada ya que jamás fue publicado, si bien circuló  en la restringida esfera de  relativos interlocutores forzados en el momento de su escritura, que fue en 1985.  Ese mismo texto fue subido en el curso del 2005 a www.justopastormellado.cl , de manera que ya es insuficientemente conocido, bajo el título de “OMAHA: CABEZA DE PLAYA”. 

Lo que recupero hoy día es el comentario que -según Adriana Valdés-  habría  sostenido Díaz,  no tengo por qué dudarlo, en un contexto léxico decididamente destinado a descalificar mi trabajo, dejándome como aquel “prontuariado” que no se entiende cómo ha llegado a ocupar “algún lugar” en la escena de escritura.  Díaz habría declarado que no entendía mucho de qué se trataba el texto, si bien, se  éste se refería directamente a una obra que luego tendría una dudosa trayectoria: “Pintura por Encargo”. Lo que debiera recordar, sin embargo, es que el título está  justificado  por la evocación a  una operación de desembarco en un territorio enemigo, como lo era la zona pantanosa de la reticencia Richard/Brugnoli/Dittborn  hacia la obra de Díaz en esa coyuntura. 

Cienagoza, digo, porque era difícil de definir en sus límites, pero fácilmente advertible como obstáculo orgánico a la instalación de la obra de Díaz, de cuya epopeya inscriptiva yo era un colaborador absolutamente ineficiente, ya que ninguno de los textos escritos significó una colaboración  en la construcción efectiva de (su) carrera.   Eran textos, digamos, demasiado intraducibles.   Probablemente ese es el sentido que habría que atribuir a aquello que fue calificado como un delirio.

Valga señalar que después de los  años noventa, ninguno de esos textos fue recogido para circulación alguna en el campo anglosajón,  porque no eran útiles a la industria del comentario. A tal punto, que los pocos textos traducidos fueron sometidos a una edición preliminar para, según los editores, hacerlos traducibles.   Solo he sido traducido al inglés, en la mayoría de los casos, porque los textos han sido sometidos a una mutilación previa.  Kristina Cordero ha sido la única traductora que, para trabajar (sobre) algunos textos, me ha escrito que denotaba un esfuerzo analítico para  situarse de modo colaborativo  en la cuenca semántica de  las capas de enunciación. Sus preguntas y observaciones podrían perfectamente ser objeto de una publicación específica, porque me obligaba a responder cuestiones que a mi me parecían obvias. Y no lo eran. De este modo, ella ha mejorado esos textos. 

Bien. Menciono comprensivamente el in/entendimiento de Díaz respecto de “OMAHA”, en la medida que esta consideración puede ser extendida a todos los textos que habré escrito sobre su trabajo, si recordamos lo que tantas veces he sostenido, recurriendo al chiste leniniano; a saber, que para mí, la crítica de arte no es más que la continuación de la crítica política, por otros medios.  Y en esa medida, por aquellos medios señalados  habrá que entender, simplemente,  la ficción.  Así las cosas, “OMAHA” será un momento ficcional que se agrega a uno anterior, signado por el título “El ´block mágico´ de Gonzalo Díaz”, sabiendo que nunca escribí,  mucho, de su obra, sino que a través de algunos ejes y núcleos de significación objetual que son de su reconocida autoralidad,  hice otra cosa; vale decir,   expandí  la ficción política hacia el formato condensado de la crítica de arte, porque luego de mi des/afiliación orgánica de la izquierda de los años 82  -por señalar una fecha que  ya está precedida de micro-marginaciones ocurridas en los años 77 y 78, como efectos de lectura de macro-referencias a textos de la izquierda  extra-parlamentaria italiana que (apenas) circulaban en Chile en 1972-,   y por efecto de una derrota  simbólica de proporciones, no me quedó otra alternativa que trabajar  de profesor  en cuanto miserable instituto encontré en esos años, al punto que este tipo de  servicio se convirtió en una excusa laboral. 

Digamos: ninguno de mis textos contribuyó a la comprensión de la obra de Díaz, porque ésta corre sola,  sin necesidad  alguna del tipo de comentario inadecuado que mi trabajo  ha representado.  Pero en ese entonces, se tenía una confianza desmedida en  la cantidad de centimetraje de los textos como si éstos fueran, efectivamente, soporte de algo, más que de sí mismos.  Hoy día, los jóvenes artistas poseen mayores facilidades para imprimir y cualquier egresado de “teoría” o de “historia” se hace  disponible para satisfacer esta demanda in/completada y ritual.

Entonces,  en el caso descalificativo de que “OMAHA”  fuese una excusa “delirante” que asumía la forma de un tipo de crítica que, en sentido estricto,  era la continuación de una novela cuya infraestructura no era visible para nadie, pero existía como condición misma de mi propia escritura, al menos puedo sostener  
Que se trata condicionalmente  de una novela desplazada,  consciente del trabajo retro/versivo que sostiene su reproducción y que apela a otros textos acumulados en la coyuntura de escritura de 1985, ya sea sobre Adolfo Couve o Samy Benmayor. 

Pero sin lugar a dudas, estos últimos eran un tipo de escritura desclasificada para trabajar la hipótesis de un “manchismo referencial” que se ajustaba a los comentarios de un discurso que se situaba entre una hipótesis libidinal-lyotardiana desfasada  y una tesis  para-lacanista desacreditada.  De modo que la escritura de  “OMAHA” dio, sin embargo, lugar, a “Trabajos de mesa”, y finalmente, a un ejercicio de corte y confección textual que provenía de la declinación de una frase análoga a “cabeza de playa”, en el sentido que su título era “Meter la pata”, producido para circular como un acompañamiento incómodo en una exposición no menos incómoda –ChileCrea (Madrid)-  cuyos efectos fueron patéticos a la hora de dimensionar las “cuentas de viaje”. 

Todo eso marcó el “fin de una época”.  Por ejemplo, Díaz “dejó” aparentemente la pintura –lo que no es efectivo-, para sumirse en las cosas (objetos y lugares comunes de la lengua); Richard se destinó a la envergadura del “género-que-no-es-uno” como una estrategia marcante que fundó el “negocio de la infracción”;  mientras que  Dittborn se concentró en definir –con toda razón-,  la carrera de las pinturas aeropostales.  Quizás, los pocos textos de arte que yo haya escrito,  de manera específica,  hayan sido sobre la Obra Dittborn.  

Entre tanto,  operaba el efecto  parodizado, mantenido bajo custodia, de otros textos, que se desplegaban como “la verdadera retaguardia”; a saber, como digo a menudo, una novela textual  que porta el título de “18BRUMARIO” y que fue escrita en 1982, para ser constantemente re/leída, en su condición, repito, de “infraestructura”. 





[1] (Para el debate del miércoles 29 en el CEdA, en torno a las condiciones de escritura de “El misterio de la gran pirámide”).

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